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Domingo de la Divina Misericordia

Domingo de la Divina Misericordia

(Octava de Pascua)

Hechos 2: 42-47; Salmo 118:2-24; I Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31

 

Apostles, Gospels, Jesus, Mary Mother of God

Los evangelios narran una increíble historia. Una concepción virginal. Sanaciones milagrosas. Incluso gente que regresa de la muerte. ¿Cómo podemos estar seguros que no se trata de inventos fantasiososun producto de la fantasía?

 

Hay mucha evidencia a favor de la confiabilidad de los evangelios, pero esta es una de las más fuertes que yo conozco. Pensemos por un momento. Si fueras parte de un grupo de personas que han decidido perpetrar una estafa bien elaborada, ¿cuál sería tu motivación? ¿Acaso no quisieras sacar provecho de una empresa tan riesgosa? Tal vez fama, fortuna y privilegios. Y si tú fueras una de los personajes prominentes en esta historia, ¿no quisieras al menos aparecer como como un héroe en esa historia?

 

Sin embargo, en la historia que relatan los apóstoles, virtualmente todos ellos se ven muy mal. Durante el ministerio público de Jesús, repetidamente no comprenden su mensaje. De hecho, Jesús se desgasta mucho tratando de hacerles entender la verdad a estos necios. Depuse de ser testigos de milagros por tres años, uno de ellos traiciona a Jesús y el líder de su movimiento lo niega. Todos menos uno de sus discípulos escaparon cuando fue crucificado y ninguno le cree a Maria Magdalena cuando les trae las noticias sobre la resurrección.

 

Doubting Thomas

El episodio contado en Juan 20:19-31. Cristo Resucitado se aparece a los doce la tarde del domingo de resurrección. O mejor debería decir, se apareció a los diez. Judas, el traidor, se había suicidado, y Tomas, el gemelo, no estaba presente. Cuando Tomas regresa al grupo, él se reúsa a creerles. El exige que le presenten pruebas físicas: “A menos que ponga mi dedo en sus llagas y mi mano en su costado, no creeré”. Lo cual suena más a un berrinche infantil que a las palabras de un apóstol.

 

Para ser justos, Jesús pudo simplemente decir “ya basta”. Ya Tomas había visto suficiente. Hechos 1, nos relata que Judas fue remplazado por Matías. Este malagradecido escéptico fácilmente pudo ser remplazado de la misma forma.

 

Doubting Thomas

Pero Jesús no nos trata según nuestras virtudes o estrictamente justicia. ¡Que Dios no lo permita! No, El viene con misericordia dándonos lo que no merecemos. Y así es como trató a este incrédulo. Una semana más tarde, le da lo que pidió. Imaginemos cuanto habrá deseado Tomas comerse sus palabras mientras ponía su mano en el santo costado del Nuevo Adán.

 

No podríamos decir que Tomas había descubierto la verdadera “fe” en la resurrección a través de este acontecimiento, dado que la fe requiere creer en algo que no se puede ver. El caminar por fe implica NO caminar siguiendo algo visible. En el cielo, veremos a Dios cara a cara; por lo tanto, la “fe” ya no existirá. Dichosos, dice Jesús, son aquellos que han creído sin haber visto.

 

Pero Tomas si llega a tener fe en algo más que no puede ver. El vio a Lázaro, al hijo de la viuda de Naím y además a la hija de Jairo, todos resucitando de la muerte.

 

Tomas ahora observa frente a él a otro ser humano resucitado y le dice algo que no había dicho a los tres primero: “Señor Mío y Dios Mío”. Tomas profesa aquí algo que solo puede ser visto con los ojos de la fe. La resurrección de Jesús no es solo una maravilla para el programa “Aunque usted no lo crea, de Ripley”. Jesús no es un simple Houdini del siglo primero. No, su resurrección es señal que él es el Mesías, el Rey e incluso el Dios Eterno, hecho carne.

 

Así es como este hombre, sobrecogido por la misericordia de Cristo, se conforma con ser conocido por todas las generaciones como el “incrédulo Tomas”. El y los demás apóstoles esparcen una historia en la que se ven muy mal. Por esa historia no reciben privilegios si no persecución y muerte.

 

Así que, ¿Por qué esparcen esta historia? Porque es verdadera y porque es una proclamación de la misericordia de Dios que no rechaza a los testarudos, a los débiles o a los incrédulos, si no que les da el poder de convertirse en fuertes, amorosos y sabios. “He aquí”, dice Jesús, “yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:4).

 

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Este artículo se ofrece como una reflexión sobre Hechos 2: 42-47; Salmo 118:2-24; I Pedro 1:3-9; Juan 20:19-31, para la misa de la Octava de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia), año A. Se reproduce aquí con el permiso de su autor.


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