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La carne

Dr. Marcellino D'AmbrosioLa Carne

Treceavo domingo del Tiempo Ordinario, Año C

by: Dr. Marcellino D'Ambrosio

Translated by: Miguel Carranza

 

La espiritualidad se trata sobre el alma y las cosas relacionadas al alma. El cuerpo y sus necesidades no son relevantes. De hecho, el cuerpo es la prisión del alma. La salvación es realmente la liberación del alma del peso muerto del cuerpo. Así que, en esta vida debemos resistirnos a los deseos físicos, incluso extinguirlos si es posible. De esos se trata la espiritualidad católica, ¿verdad?

 

Para nada. Ese tipo de espiritualidad ha sido promovida a través de los siglos por un gran número de movimientos como los nósticos, los maniqueos y los albigenses. Todos tienen algo en común: han sido condenados por la Iglesia Católica como herejías peligrosas. Contrario a estas herejías, la Iglesia Católica sigue Génesis 1, al insistir que el mundo material y el cuerpo humano son obras de arte fruto de la amorosa creatividad de Dios. El cuerpo no es una máquina que el alma pueda desechar cuando esta desgastada. Es por eso que la teoría de la reencarnación está equivocada: el cuerpo es esencial para quienes somos. Somos espíritus encarnados. Jesús no vino a “salvar almas” si no seres humanos. El alimentó el cuerpo de los hambrientos y sanó los cuerpos de los enfermos al perdonar sus pecados y enseñarles las sublimes verdades espirituales. De hecho, no solo creemos en la inmortalidad del alma, si no también en la resurrección del cuerpo. 

 

Por lo tanto, los deseos del cuerpo – comida, bebida, sueño y unión sexual – son fundamentalmente buenos. Una de las primeras tareas del Beato Juan Pablo II, después de ser elegido como Supremo maestro de la Iglesia Católica, fue elaborar su “teología del cuerpo”.

 

Entonces, ¿qué quiere decir San Pablo en la segunda lectura cuando dice que el espíritu y la carne son directamente opuestos (Gal 5:13-18)?

 

Buena pregunta. Cuando Pablo condena “la carne”, no está hablando del cuerpo humano, creado por Dios. Por el contrario, está usando el término “carne” para presentar la distorsión que el pecado original introdujo en la raza humana. La “carne” malinterpreta  y descarrila los deseos naturales convirtiéndolos en destructivos y denigrantes. La lujuria es un buen ejemplo. La lujuria no es otro nombre para el deseo sexual. La lujuria es lo que “la carne” le hace al deseo sexual, convirtiéndolo en un instrumento de auto-gratificación y explotación, en lugar de amor comprometido y el milagro de una nueva vida, tal como es el propósito de Dios. El orgullo no es el deseo de grandeza y excelencia. Tal deseo surge de forma natural puesto que somos hechos a imagen y semejanza de Dios. El orgullo, es lo que “la carne” le hace a este deseo natural, haciendo que reusemos la sumisión a la autoridad legítima, incluso a Dios, exaltándonos a expensas de otros, buscando dominarles y denigrarles.

 

Antes de la llegada del Espíritu, la carne tiranizaba a los seres humanos desde adentro. La ley de Moisés, los Diez Mandamientos, nos dicen que no debemos seguir estos deseos desordenados. Sin embargo, nuestra fuerza de voluntad está demasiado débil para ganar la batalla sola. Solo con la fuerza de voluntad, estaríamos condenados a la derrota. Incluso David, el más grande Rey de Israel, sucumbió a la lujuria y luego trató de cubrir su adulterio con un asesinato.

 

La solución de Dios es radical. Cuando nos unimos a Jesús a través de la fe y el bautismo, somos llenados del Espíritu Santo. El Espíritu comienza la sanación de nuestra naturaleza humana herida desde adentro con el propósito de transformar todos los aspectos de nuestra vida. La palabra “virtud”, de hecho, significa “poder” o “fuerza”, y el Espíritu trae consigo “virtudes” que nos potencian para triunfar en nuestra lucha con la “carne”. Si, “la carne” aún sigue ahí, incluso después de que somos justificaos a través de la fe en Cristo y limpiados en el bautismo sacramental. Pero su espalda se encuentra quebrada. Ya no puede tiranizarnos, a menos que así lo elijamos. Ahora tenemos la liberad y el poder para ignorar los tirones de la carne hacia el pecado. .su fuerza debe debilitarse a medida que crecemos en santidad. La castidad es la virtud dada por el Espíritu Santo y que nos empodera para santificar el deseo sexual haciéndolo un instrumento del amor y la vida. La humildad es la virtud que permite que el deseo de grandeza respete la soberanía de Dios y la dignidad de nuestro prójimo.

 

Por lo tanto, la vida cristiana no es sobre vivir esclavizado a reglas externas y sobre reprimir nuestros deseos humanos naturales. Se trata del empoderamiento interno de llegar a ser verdaderamente grandes, verdaderamente humanos y verdaderamente libres.

 

Este artículo se ofrece como una reflexión sobre las lecturas del treceavo domingo del tiempo ordinario, ciclo C, (1 Reyes 19:16-21; Salmo 16; Gálatas 5: 1, 13-18; Lucas 9:51-62). Se reproduce aquí con permiso del autor.

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