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Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida
Quinto domingo de Pascua
by: Dr. Marcellino D'Ambrosio
Translated by: Miguel Carranza

“Siempre y cuando creas en Dios y te esfuerces por ser una buena persona, tu religión no importa”. “Hay diferentes caminos subir la misma montaña, pero todos llevan a la cima”
¿Cuántas veces has escuchado a personas hablando así? Esto es sabiduría popular. Está políticamente correcto. Demuestra tolerancia. Suena razonable.
Sin embargo, no es correcto. Jesús tuvo el coraje de decir “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al padre si no es por mi”.
La autopista hacia el cielo había estado cerrada por muchos siglos. Dios no había puesto ningún reten, nosotros lo hicimos. Sin embargo, las barreras que erigimos no podían ser movidas. Por lo menos por nosotros. Dios era el único que podía abrir el camino.
Hubo un problema con la verdad y con la vida también. Ciertamente los pueblos ya tenían nociones de Dios, pero esas nociones eran borrosas, dispersas y mescladas con distorsiones. Todos en el mundo antiguo sabían que había un Creador al que debían adorar. Algunos pensaban que el tributo requería sacrificios humanos. Otros creían que existían muchos dioses. Unos pocos, como Aristóteles, se dio cuenta que solo podía haber un Dios. Sin embargo, el imaginó que este Dios era distante, frio e indiferente al sufrimiento humano.

Finalmente, hubo un problema con la vida, con la vida divina. Incluso los judíos, quienes habían recibido más verdad que todos. Ellos conocían la voluntad de Dios. Sin embargo, incluso el mejor entre ellos no tenía el poder para cumplirla. David, por ejemplo, al final de cuentas no pudo resistirse a la lujuria, al engaño e incluso al asesinato.
Jesús es el camino. De hecho, es un camino de dos vías. En el, Dios viene a nuestro encuentro, sin quedarse con nada, ofreciendo todo lo que es y todo lo que tiene. A través de El y solo de El, tenemos acceso a Dios hasta el punto que ahora lo llamamos “Abba”, Padre.
Jesús es la verdad. No solo parte de la verdad sino toda la verdad. El es la eterna y perfecta palabra de Dios que expresa quien es Dios, como es El, quienes somos y lo que debemos hacer para salvarnos de la miseria y la futilidad.
Y Jesús es la vida. No solo nos da mandamientos e ideas nobles, sino que también nos da el poder para vivirlos, el poder para convertirnos en personas nuevas. El Poder es el mismo Señor y Dador de Vida, el Espíritu Santo, a quien el Señor derrama sobre los que lo aceptan a El.
Así que solo hay un Camino, una Verdad y una Vida y un Sacerdote que ofrece un sacrificio perfecto por nuestros pecados. Entonces, ¿por qué somos llamado sacerdocio real (1 Pedro 2)? ¿Cómo es que los que creemos en el realizaremos obras más grandes que las que El realizo?

Simple. Hemos sido bautizados, ya no existe separación entre El y nosotros. Somos bautizados en el, nos convertimos en miembros de su cuerpo y el comienza a vivir su vida y ejercitar su sacerdocio a través de nosotros.
Si se lo permitimos, usara nuestros labios para esparcir su verdad, nuestras vidas para mostrar el camino y nuestro amor para dar vida a otros. Y las obras que realizará a través de nosotros superaran por mucho en los tres cortos años de su ministerio público. Más hambrientos serán alimentados, mas enfermos serán sanados, mas libros serán escritos. Tiránicamente, los imperios del ateísmo serán derrotados. Las Buenas Nuevas serán predicadas no solo en Galilea, sino en todos los confines de la tierra, no solo en persona, sino tocando a millones a la vez…a través de la radio, la televisión y el internet.
Sin embargo, la obra más grande que El realizara a través de nosotros es enseñarnos a ser sacerdotes, a ofrecer el sacrificio espiritual de nuestras vidas (Romanos 12:2) al Padre a través de El, con El y en El. Puesto que el significado de la vida humana es amar, y el mayor regalo que hemos recibido de Dios es el poder donarnos.
Este artículo fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor “, como una reflexión sobre las lecturas para el Quinto Domingo de pascua, Ciclo A (Hechos 6:1-7; Salmo 33; I Pedro 2:4-9; & Juan 14:1-12) Se reproduce aquí con el permiso del autor. |
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