|
Lecciones de un paralitico
Séptimo domingo del tiempo ordinario, Ciclo B
by: Dr. Marcellino D'Ambrosio
Translated by: Miguel Carranza

Algunas veces actuamos como si nuestros pecados fueran solo marcas negras que Dios tiene en nuestra contra en su contabilidad.
La historia del paralítico en el evangelio (Mc 2:1-12) debería alertarnos sobre la verdadera naturaleza del pecado. El pecado es más que una marca en nuestra contra – es el distanciamiento de una persona de Dios, nuestra fuente de vida y energía. El Espíritu Santo de Dios es “la fuerza” que está a nuestro lado para que tengamos vida, fuerza y vigor.
El pecado es siempre el resultado de una decisión. El pecado original, que fluye de la trágica decisión de Adán y Eva, nos hereda una humana debilitada y distanciada de Dios desde el momento de la concepción. El pecado “actual” resulta de las decisiones de cada persona. Algunas decisiones pueden separarnos completamente de la fuente de vida eterna. A estas decisiones les llamamos “mortales”. Algunas decisiones no extinguen la vida divina, solo la debilitan. A estos pecados los llamamos “veniales”.
Pero ya sea pecado original o actual, mortal o venial, el pecado siempre drena la vida de nosotros. Al distanciarnos de Dios, poco a poco nos vamos debilitando espiritualmente hasta que no tenemos la fuerza para regresar a casa con nuestro Padre.

Cuando Jesús regresó a Cafarnaúm después de su primer viaje misionero, la gente se aglutinaba a su alrededor. Sin embargo, había un hombre paralitico que no podía unirse a la multitud – simplemente se quedó ahí observando a la gente pasar. Hasta que algunos de sus amigos se apiadaron de él y lo levantaron para llevarle donde Jesús.
Pero se encontraron con un problema – la multitud era tan densa que no podía pasara a su amigo por la puerta. Pudieron haberse conformado solo con haberlo intentado y luego llevar al hombre a su casa. Pero tenían mucha más determinación. Lo levantaron por el tejado, abrieron un agujero en el techo de paja, y lo bajaron por ahí.
En este punto, el evangelio de Marcos hace un comentario curioso. Dice que “al ver la fe de ellos”, Jesús se vuelve al paralitico y le dice que sus pecados son perdonados. Primero, notemos que la fe debe ser visible. Los que cargaban la camilla con el paralitico sin duda creían que Jesús era al menos un poderoso hombre de Dios que podía ayudar a su amigo. Pero esta creencia se materializa en una acción resoluta, persistente y llamativa. Y por supuesto que esta fe estaba unida a la caridad, puesto que ellos llegaron hasta este punto no para beneficiarse, si no para ayudar a su desafortunado amigo.

Notemos que no fue la fe del paralitico la que movió la decisión de Jesús a perdonar los pecados de aquel hombre. Fue la fe de sus amigos. Tal vez su parálisis física era signo de una completa parálisis espiritual – no tenía la fuerza para realizar por si solo un acto positivo de fe.
Así que la fe de sus amigos actuó en lugar de su fe. Esta es la razón por la que el bautismo de infantes ha sido practicado en la Iglesia desde el principio – los niños son bautizados en la fe de sus padres, padrinos y de toda la Iglesia.
La parálisis más mortífera es la parálisis del pecado. Pero cuando los fariseos objetan a la autoridad de Jesús para sanar y borrar el pasado y darle al paralitico un nuevo comienzo (Is. 43:18-25), Jesús demuestra su competencia sanando la enfermedad física también. Jesús no dice “si” a nuestra necesidades espirituales y “no” a nuestras necesidades terrenas (2 Cor. 1:18-22). El nos creo en cuerpo y alma y desea que tengamos vida en abundancia, en ambos aspectos, y que la tengamos en abundancia (Juan 10:10).

Entonces, un hombre atormentado por sus padecimientos físicos fue llevado ante Jesús y salió caminando y cargando él mismo su camilla. Esto nunca hubiera ocurrido si sus amigos, llenos de tanta fe, no se hubieran preocupado por el lo suficiente como para arriesgarse al ridículo y la desilusión.
¿Cuándo fue la última vez que invitaste a alguien a la iglesia?
Este artículo fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor” como una reflexión sobre las lecturas del Séptimo Domingo del tiempo ordinario del ciclo litúrgico B (Is. 43:18-25; Sal 41, 2 Cor. 1:18-22; Marcos 2:1-12). Se reproduce aquí con permiso del autor. |