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Corregir a los pecadores

Corregir a los Pecadores

Vigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

by: Dr. Marcellino D'Ambrosio

Translated by: Miguel Carranza


 

Admonish the SinnersYo solía pensar que la ley de Dios era como esas tontas reglas con las que teníamos que lidiar en la escuela primaria, reglas como: “No masticarás goma en clase”. Estas son reglas arbitrarias que los burócratas se inventaron para mantenerse tranquilos y hacer miserables al resto. El objetivo del estudiante es quebrar tales reglas siempre que puedan salirse con la suya. La única mala consecuencia sería que lo atraparan.

Pero Dios no es un burócrata. Él es un padre amoroso. Si Él dice “No”, es porque el realizar la actividad en cuestión dañaría y en algunos casos destruiría a sus hijos. Pero, ¿acaso el pecado no ofende a Dios? Por supuesto. Estamos hechos a Su imagen y semejanza, y el pecado desfigura esa semejanza en nosotros y daña a otros hechos a Su imagen y semejanza. No existe tal cosa como el pecado “privado” – estamos tan interconectados que cualquier decisión de apartarse de Dios tiene un impacto inmensurable no solo en el pecador si no en toda la familia de Dios.

 

Algunas personas corrigen a los demás simplemente porque son entrometidos. Otros, como los fariseos, lo hacen para exaltarse a sí mismos denigrando a los demás. Pero el discípulo interviene por amor. Amor a Dios por todos sus hijos, pero especialmente por los pecadores que con su pecado se dañan más a sí mismos.

 

Algunos piensan en las leyes Dios como si fueran normas burócratas arbitrarias. No toman conciencia que sus acciones abren heridas en sus corazones y en los corazones de los demás. Pero si nos damos cuenta y nos importa, debemos encontrar una manera de hacérselos saber. Otros no conocen a Dios y su voluntad – pero sus acciones causan gran confusión en sus vidas y las de los demás. Necesitamos compartir con ellos las Buenas Noticias sobre la misericordia de Jesucristo y el poder del Espíritu Santo quienes hacen posible cumplir la voluntad del Padre.

 

Tú podrías decir: “Pero si no me van a escuchar…por qué he de molestarme?”. Simple: porque Dios así lo pide. El profeta Ezequiel fue llamado a ser vigía de Israel, tal como se menciona en la primera lectura de este Domingo (Ezequiel 33:7-9). Era su responsabilidad hacer saber a la gente que sus acciones los estaban llevando al desastre. Si él les avisaba y ellos no escuchaban, Ezequiel quedaba libre de responsabilidad y las consecuencias recaerían sobre aquellos que no escucharan la advertencia. Pero si él no les advertía por temor a la desaprobación del mismo pueblo y el pueblo acababa en desastre, Dios haría responsable de esto a Ezequiel.

 

También podrías decir: “Pero, yo no estoy llamado a ser un profeta”. Pues claro que sí. En el bautismo y la confirmación fuiste ungido como sacerdote, profeta y rey. Y por si no te has dado cuenta, los profetas generalmente no ganan concursos de popularidad.

 

Claro que si eres prudente, humilde y sensible en tu labor profética tendrás más probabilidades de éxito. El Señor Jesús nos da indicaciones sobre esto en el evangelio de este Domingo (Mateo 16:15ss): primero, ve en privado a la persona y trátalo como hermano o hermana, no como un inferior. Si no consigues nada, trae a otro a que te ayude. Si aun así no consigues nada, refiere el asunto a la Iglesia, lo que en muchos casos significaría alguien con autoridad como un Párroco o un Obispo o un delegado apostólico.

 

En resumen, tenemos una deuda de amor con nuestros hermanos y hermanas (Romanos 13:8-10). Y el amor hace su mejor esfuerzo por disuadir a las personas que caminan hacia la perdición.

 

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El Dr. Marcellino D’Ambrosio escribe desde Texas. Para más información sobre su peregrinaje de Año Nuevo hacia Tierra Santa o sobre sus recursos, visite www.crossroadsinitiative.com o llame al 800.803.0118.

 

Este articulo fue publicado originalmente en “Our Sunday Visitor” como una reflexión sobre las lecturas para el Vigésimo tercer Domingo del tiempo ordinario, Ciclo litúrgico A (Ezequiel 33:7-9; Salmo 95, Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20). Se reproduce aquí con permiso del autor.

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 Por qué ser Católico? Dr. Marcellino D'Ambrosio La peregrinación personal de Marcellino D'Ambrosio de la fe Católica nominal de joven a una fe activa y vibrante en Cristo, y por qué él decidió quedarse en la Iglesia Católica. Disco compacto de 60 minutos.

 

 


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